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Exhala


  A Pablo

  Las despedidas son sólo para los

  que aman con los ojos.

  Porque para los que aman con

  el corazón y el alma, no existe

  eso de la separación.

  Rumi

  Agradecimientos

  Antes que nada, gracias a mis hijos, Paola, Carla, Pablo, Toño, Diego y Frances, por el amor y apoyo que durante esta experiencia siempre me dieron y me dan. Gracias a mis nietos, Diego, Pablo, Toño, Emilio, Nicolás, Pablo, Valentina y Mateo, por alegrar mi vida.

  Gracias a Gaby, mi mamá, y a mis hermanos, Andrea y Guayo, Joaquín y Lourdes, Neto y Maca, Francisco, María, Alejandro y Vero, Lupe y Gera, Vero y Chicho, por su cariño incondicional. Y a todas mis amigas, que no me han dejado sola ni un momento.

  Gracias a mis queridos amigos y editores de muchos años, David García, Andrea Salcedo y César Ramos, por confiar en mí y motivarme a escribir estas páginas, y por todo el trabajo que implica.

  Gracias a mi amigo y maestro, Ricardo Chávez Castañeda, por su revisión y consejo.

  Gracias a Sara Schulz, por darle durante tantos años su toque de talento a lo que escribo.

  Gracias a Edmée Pardo por su revisión.

  Gracias a José Luis Caballero, por siempre cuidar la parte legal.

  Gracias a Amalia Ángeles, por el diseño de la cubierta del libro, y a Ramón Navarro, por el diseño de los interiores.

  Gracias a mi casa editorial, Penguin Random House, por hacerme sentir parte de su familia. Es un honor.

  Gracias a la vida y a Dios, por haberme regalado 54 años dentro de una burbuja de amor transparente y pleno.

  Introducción

  En este plano existencial hay algo que a todos nos vincula: la pérdida, o mejor dicho, las pérdidas que, tarde o temprano, experimentamos. Pérdida de la niñez, la juventud, un trabajo, una pareja, la memoria, los padres, un techo, la lozanía de la piel, la fortaleza del cuerpo; en fin, pérdidas materiales. Podría nombrar un millón de tipos de pérdidas y cada cual tiene una forma en que se puede entender, incorporar y superar. De igual manera, cada quien posee lo que considera “lo más sagrado”, la piedra angular de su vida. Aquello que más ama, lo más importante que ha tenido. Para algunos puede ser el amor a una pareja, a un hijo, a la madre o al padre; o bien, la familia, la salud, la lucidez, el trabajo, la vocación, el alma, una posesión o lo que sea.

  Este libro es sobre la pérdida más grande que en lo personal he tenido: la del amor. Cuando un gran amor se va, te arrastra y tu alma se va con él. Te sientes frágil, indefenso, vulnerable y vacío. ¿Cómo sales de ahí? ¿Cómo te recuperas?

  La muerte y el duelo son temas de los cuales no nos gusta hablar, sobre los que evitamos leer y hasta consideramos de mal gusto compartir. Es tanta nuestra alergia a la muerte que no toleramos a un doliente hablar por más de equis días sobre su pena. Asimismo, es común que, ante una pérdida dolorosa vivida por nosotros o por alguien cercano, prefiramos las distracciones del mundo exterior, como aquello que sucede en la nube de las redes sociales; recurrimos al entretenimiento, a la comida o a alguna sustancia que podamos tomar para desconectarnos, con tal de no lidiar con la realidad. Se necesita valor para encarar nuestra vulnerabilidad y la de quienes nos rodean.

  Para mí, el dolor que causa la pérdida de lo más sagrado es como estar en medio de una neblina densa, sin visibilidad y aspirando un aroma amargo, en ella te sientes totalmente perdido, vacío y desorientado. Creo que la única manera de superar ese sufrimiento, llegar a sentir alivio y encontrar maneras de respirar es inhalar y exhalar con normalidad, es armarte de valor y atravesar la bruma. ¿Por qué resalto la palabra “exhalar”? Porque de inmediato me llena de paz. Significa inhalar una bocanada de aire para que, al exhalarla, el cuerpo, la mente y el alma descansen. Así quise titular este libro con la intención de invitarte y mostrarte, querido lector, querida lectora, que se puede exhalar a pesar de lo que vivimos. Es un hecho que nadie exhala de manera permanente, sino al final de sus días. Sin embargo, lo haces incontables veces a lo largo de la vida, cada uno de los días que la conforman, sin importar los problemas o el inmenso dolor que atraviesas. Hacerlo te trae al presente, a este preciso instante en el que todo está bien.

  Con la pérdida de mi esposo, Pablo, el amor de mi vida, con quien compartí una existencia llena de cariño y respeto durante 54 años de amor y 50 de matrimonio, me di cuenta del abismo que existe entre enseñar o escribir teorías y la agonía que es vivirlo realmente. La pérdida siempre se lleva algo de ti. No hay palabras, consejos, nada que consuele. El mayor obstáculo es sobreponerse diariamente a uno mismo.

  La muerte de un ser querido es uno de los mayores retos a los que el ser humano se enfrenta. Una vez que te sientas en la primera fila de la ceremonia para honrar las cenizas de tu ser amado, lo entiendes. Ya no serás la misma persona, has sido tocado por algo crónico y permanente. Algo en ti ha muerto. Algo que seguramente renacerá, pero de manera diferente. Deberíamos también tener rituales para velar y enterrar esa parte nuestra. Tarde o temprano los conocidos te dirán que te ven bien, que vas mejor, pero nadie se atreverá a confesar que pareces distinto, que has cambiado —para bien o para mal, lo que dependerá de ti.

  Finalmente, sales fortalecido de esta experiencia, no hay duda. ¿Requiere de voluntad? Sí. No obstante, la sensación que tienes al atravesar por un duelo es la de estar en una balsita en alta mar, paleando en medio de una tormenta tremenda. La gente parada en tierra firme, bienintencionada, te indica qué hacer, te hace señas, te grita, pero no puede hacer nada por ti. Se necesita haber estado en esa lanchita para comprender lo que se vive.

  Quizá ya comprobaste que cada pérdida se siente en lo físico, lo emocional, lo intelectual y lo espiritual. Como mencioné, te sientes confundido, débil, vulnerable y sin rumbo, en especial al principio. Entre ese instante de vacío profundo y en el que vuelves a sonreír y a dormir tranquilo, atraviesas por una serie de etapas, subidas y bajadas, las cuales intento explorar en estas páginas. Es un hecho que, una vez que regresas al mundo después de perder a alguien, tu mirada y tus jerarquías cambian por completo.

  Y si bien, desde que Pablo partió a otro plano, he tomado terapias con una tanatóloga, he leído cuanto llega a mis manos acerca de las diferentes pérdidas y el duelo que conllevan y he aprendido de otras personas que pasaron por lo mismo, lo cierto es que todavía me parece una experiencia nueva para la que nadie ni nada te prepara. O, mejor dicho, a la que rara vez nos interesa acercarnos. De hecho, soy —fui— una muestra de ello. He escrito 16 libros y nunca había tocado este tema, ignoro si por falta de madurez, por evadir una cuestión a la que tememos o por cultivar el pensamiento mágico de que “a mí no me va a pasar”, creyendo que, si no lo toco, no me toca.

  Quiero aclarar que no soy terapeuta y mucho menos tanatóloga, no intento ayudar con teorías o saberes de expertos, sólo quiero compartir contigo, querido lector, querida lectora, mi experiencia, mi búsqueda, mi camino y las salidas que me han llevado más allá del vacío y la obscuridad absoluta. Acompañarte desde estas páginas con lo que aprendí y lo que me ayudó a salir adelante, con la esperanza y el deseo profundo de darle sentido a algo que no lo tiene o que es difícil ver en el momento. Pero, si algo puedo afirmar, es que un día vuelves a sonreír.

  En mi proceso, leí el libro Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett. En él, la autora habla del suicidio y, aunque no es mi caso, en sus palabras encontré lo que sentía y lo que me hubiera gustado escribir: “Porque contando mi historia tal vez cuento muchas otras. Porque a pesar de todo, de mi confusión y mi desaliento, todavía tengo fe en las palabras. Porque, aunque envidio a los que pueden hacer literatura con dramas ajenos, yo sólo puedo alimentarme de mis propias entrañas”.

  En este proceso he comprendido que hay diferencias entre el sufrimiento y el duelo. El primero surge en la cabeza, en tus pensamientos, al repasar una y otra vez el dolor de tu pérdida, que está acompañada de todas las preguntas, envueltas en una incertidumbre que no hay manera de responder; el segundo se presenta sin aviso, a la hora que quiere y se ancla en el corazón. Son dolores distintos, dos vías por completo diferentes. El primero se controla y se puede eliminar con determinación; al segundo hay que abrazarlo, acariciarlo, como lo mencioné, hasta que decida irse.

  ¿Nos podemos quedar estancados durante años en la conmiseración y el dolor? Sí, claro que podemos y tendríamos justificación, pero si algo nos enseñan las pérdidas es a darte cuenta de cuán efímero es todo y de lo rápido que se va la vida. Por lo tanto, tenemos otra alternativa, la de aprovechar, gozar cada momento y agradecer el estar vivos.

  “Todo va a estar bien”, decía Pablo, mi esposo, quien una vez más cumplió su promesa: al final las cosas se acomodan. Un día volvemos a encontrar inspiración, gozo, armonía y belleza, aunque de momento lo creamos imposible. Debemos tener la certeza de que la vida trabaja para nosotros y no en contra de nosotros, porque así es. Ella nos manda pruebas y nosotros respondemos. Somos los creadores de nuestra propia experiencia, y la construimos con cada pensamiento, decisión y actitud ante lo que venga. Y sí, toma tiempo asimilar y comprender que todas las cosas que nos suceden, los hechos, los encuentros y las circunstancias son para nuestro desarrollo.

  Mientras, te invito a tomar conciencia del momento presente y del valor de estar vivo en este instante, a disfrutar los regalos que la vida y la naturaleza brindan, aunque la pena persista. Eso es exhalar, un acto que es y siempre será momentáneo. Exhalar nos permite poner la lupa en todo aquello que nos lleva, aunque sea por instante s, a disfrutar y nos da la oportunidad de agradecerlo; ser conscientes de qué, quiénes, cuándo y cómo brindarnos ese bienestar para sentirnos mejor y procurarlo.

  Querido lector, querida lectora, este libro lo dividí en tres partes. La primera narra nuestra historia —la de Pablo y mía— de amor y dolor. En la segunda, te comparto sobre el proceso de duelo que viví y lo que aprendí. Y en la tercera te relato mis experiencias para sobrevivir. Esta última se compone de diversos escritos acerca de lo que me salvó y me ayudó a salir adelante en mi proceso de recuperación. Incluí también lo que descubrí sobre cómo ayudar a otros, con la esperanza de que te pueda servir en tu propio renacer en caso de vivir algún tipo de pérdida.

  Para terminar esta breve introducción, hay algo que te puedo garantizar: salir adelante, tarde o temprano, depende de ti y de mí, de nadie más. Aférrate al amor porque, por cursi que suene, el amor a la vida, a uno mismo y a tus seres queridos lo puede todo.

  Me gusta la siguiente frase: “La vida no es una mujer seductora, la vida es una mujer que te grita que luches para ser digno de ella. Si no buscas la vida, jamás te encontrarás con ella”. Sal y busca la vida, de la manera que quieras, pero búscala.

  Ten la certeza de que llegará un día en que al despertar te des cuenta de que ese sufrimiento insoportable será llevadero hasta que, poco a poco, retomarás el gozo de estar con vida. Un día, una vez integrada la pérdida, podrás cerrar los ojos y… por fin, exhalar.

  Un abrazo.

  Gaby

  PRIMERA PARTE:

  Añoranzas

  1

  Lo que daría por volver a vivirlo

  Mi ser verdadero no es la

  conciencia del yo, sino algo que

  no nace y no muere.

  Willigis Jäger

  La vida cambia en un latir del corazón. Instantes que creí cotidianos, hoy me parecen la vida entera. Un acto tan simple como acurrucarnos en el sillón de la recámara para ver una película, era como llegar a una casa iluminada con la puerta abierta y con aroma a pan recién horneado. Nuestros cuerpos embonaban como dos piezas de rompecabezas. ¿Te acuerdas? No cambiábamos ese lugar nuestro por nada. Lo que daría por volverlo a sentir.

  Veo la foto de tu cumpleaños, tú, rodeado de globos y regalos. ¡Estabas tan contento y te veías tan bien! Ese 27 de marzo del 2022, tu cumpleaños, saliste como tantas otras veces del hospital para encontrarte con la sorpresa de tus regalos en la recámara. Comimos con nuestros hijos y nietos, celebramos el momento y soplaste las velas del pastel como un niño con todo el futuro por delante. Quién diría que dos meses después, el 27 de mayo, te irías para siempre. Nunca lo imaginamos. Amar y perderte. ¡Tan solo dos meses de vida!

  Me pregunto si de saberlo, habríamos hecho algo diferente. ¿Qué hubiera cambiado? No lo sé, ¿todo? ¿nada? Esta es una de las grandes interrogantes de la vida. Pienso que es mejor no saberlo ni imaginarlo, el sufrimiento sería inaguantable.

  “Tienes mieloma múltiple, una enfermedad maligna que no tiene cura pero se controla”, nos dijo en marzo de 2020, el doctor Gabriel Chávez Sánchez; a quien le tomamos mucho cariño y le estaremos siempre agradecidos.

  En realidad, no teníamos idea de la gravedad de este padecimiento. Se trata de un cáncer en la médula de los huesos que puede ser desde algo muy controlable, hasta muy agresivo. Ignorábamos cuál de ellos sería el tuyo, bendita ignorancia, a veces pienso que la inocencia, el no conocer sobre medicina, o fingir que no sabíamos el pronóstico, nos permitió vivir una ilusión que, dicho sea de paso, nos duró muy poco.

  Durante los 26 meses que padeciste la enfermedad toda la familia nos aferramos al “se controla” que mencionó el doctor Chávez, y en esas dos palabras basamos todas nuestras fuerzas y esperanzas. El día en que me di cuenta de la gravedad del padecimiento, fue por la cara que pusieron tanto mi ginecólogo como mi endocrinólogo al escuchar el diagnóstico. El pensamiento mágico de superarlo nos cegaba la realidad.

  Al mes del diagnóstico, te hicieron otra prueba de médula para analizar qué tipo de mieloma padecías. “En cuanto lleguen los resultados les llamo”, nos dijo el doctor Chávez. Esa mañana de sábado, su llamada entró de milagro. Nos encontrábamos montando a caballo en campo abierto en el Estado de México, “es mi terapia”, decías. Recuerdo con exactitud fotográfica el lugar exacto en el que detuvimos los caballos para contestar el celular.

  “Muy bien, doctor… Ni hablar… Gracias”. Terminaste la llamada. Durante unos segundos permaneciste en silencio, me parecieron horas. “En pocas palabras, que la noticia no es buena”, me dijiste. Guardaste el celular en tu chamarra. Inhalaste profundo, extendiste tu mano para alcanzar la mía, aún montados en los caballos, para compartirme la noticia.

  En silencio, mientras el mundo se nos venía encima, la belleza de la naturaleza contrastaba con la opresión en el alma. El tiempo cobró otra dimensión. La muerte de pronto se convirtió en un jinete montado en ancas sobre tu silla de montar. Sentí que entrábamos a una especie de realidad alterada, donde todo lo cotidiano se alejaba, se consumía y, a cambio, una sensación también ajena, extraña, difusa, como la de caer a un abismo oscuro nos penetraba. Todos sabemos que la muerte es parte de la vida, sin embargo, es muy diferente saberlo a sentirla tan cerca. No lo esperábamos, no lo imaginábamos, no formaba parte de nuestros planes. Hacía apenas un mes eras un hombre sano, fuerte, lleno de vida. ¿Cómo aceptar una realidad así? ¿Cómo soltar los amores, los planes, renunciar a los sueños de una vida eterna que soñábamos juntos? ¿Cómo salir de ese vacío con buena cara y actitud positiva? La vida perfecta que teníamos, en un tris, desaparecía. A pesar de todo, tomados de la mano, sentimos la fortaleza para enfrentar lo que vendría.

  No conocemos ese tipo de dolor hasta que nos alcanza y nos descoloca.

  Actuar, fingir, sonreír

  Ese 21 de marzo de 2020 ingresaste en el hospital para iniciar tu tratamiento, estuviste una semana. Coincidió precisamente con el encierro mundial por la pandemia de covid-19. En el mundo, como en nosotros, había mucha incertidumbre. Nadie conocía bien a bien sus efectos, ni sus orígenes, sólo prevalecía un gran temor dado que el riesgo de contagio y muerte eran muy altos. Y, curiosamente en tu cumpleaños, ese 27 de marzo de 2020, internado recibiste tu primera quimioterapia. No sabíamos si celebrarlo o abrazarnos para llorar. Tus defensas naturales se debilitarían por las quimios, nos lo advirtieron. Un nuevo abismo se abrió ante nosotros. Con manos entrelazadas y los ojos vendados nos aventuramos a dar el paso.

  Las quimioterapias serían cada semana. Ignorábamos el tortuoso camino que nos esperaba y los efectos secundarios que los tratamientos provocarían. Mientras, nos animábamos uno al otro, con la confianza plena en que lo superarías, como muchos otros tantos retos. El amor y sabernos unidos nos daba toda la fortaleza necesaria.

  Tu actitud fue la de siempre: “Todo va a estar bien, lo vamos a superar, no pasa nada, la vida sigue como siempre”. A pesar del optimismo que los dos aparentábamos, poco a poco sentimos el inevitable vacío. No sé si debimos ser más realistas, lo que sí sé, es que callamos para evitarnos más pesar. En su momento, eso era lo que sentimos adecuado. Actuar, fingir, sonreír para el otro, dar lo mejor de cada uno como si todo estuviera bien hasta creerlo. ¿Me pregunto si tú sentiste lo mismo? Nunca nos atrevimos a hablarlo ni a confesárnoslo. Quizá compartirlo, exteriorizarlo, nos hubiera ayudado a los dos a soportar la carga; lo mismo que subir una montaña con una mochila a la espalda, hacerlo solos nos pesa el doble que cuando lo hacemos en compañía de alguien.

  Sin embargo, tus cuidados nos exigían estar en el presente, en que salieras a caminar al pasillo del hospital, en traerte alimentos de la casa, en acomodarte la almohada, en consentirte y acompañarte. A diario recibías a las enfermeras que entraban a sacarte sangre o a revisar tus signos vitales con un comentario amable o chusco que aligeraba la energía del cuarto y de nuestras almas.

  La esperanza nos hizo asirnos de un hilo de ilusión que prometía, por lo menos, ocho años más para disfrutarnos, para vivir, para viajar, para abrazarnos, para amarnos más. ¿Te imaginas? Pensábamos que tú, yo, nuestros hijos, padres, amigos, éramos eternos. Como eternos eran los momentos y las épocas en que alrededor de una mesa brindamos con el desparpajo de quienes se creen inmortales.

 

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