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Aunque hay otra posibilidad.
¿Y si resulta que, de verdad, las huellas que han sacado de la otra botella y las latas de comida son de otra persona? ¿Y si la única prueba que existe de la presencia de la cabo en esa casa es justo la botella que yo me llevé?
Mierda.
Si es así, la he fastidiado hasta el límite de lo fastidiable.
No puedo confesar lo que hice, eso está claro.
Bueno, poder puedo. Pero, vamos, que no quiero.
Por un momento se me ocurre la posibilidad de hacer trampa. Acercarme a hurtadillas a la Masía en cuanto caiga la noche, dejar por ahí cerca la botella que me llevé y tratar de que vuelvan para que la encuentren.
De ese modo, si volvieran a negar que son sus huellas sabría con certeza que mienten.
El problema es que parece un plan ideado por el tonto del pueblo.
Además, la botella ya está impregnada con los polvos que he usado para sacar las huellas. No iba a funcionar.
Así que solo me queda otra posibilidad: encontrar a la dichosa cabo Morales.
Pero, claro, sigo sin tener la menor idea de dónde puede estar.
—¿Qué hacemos, colega? —le pregunto al gato, plantado frente a mí junto a su cuenco vacío.
—Miaaaauuuu.
—Ya. Imaginaba que dirías eso.
De un salto se sube a mis piernas y repite su argumento a un palmo de mi nariz.
—Miauuuuu.
En las series de detectives, el protagonista suele tener una idea brillante en circunstancias como esta. El gato le pide comida, se queda mirando un cuadro o escucha la letra de una vieja canción y en su cabeza se enciende una bombilla que le lleva a dar con la pista crucial que resuelve el caso.
Pero en el mundo real las cosas funcionan de otro modo. Al menos, en el mío.
No hay chispazo en mi cabeza alumbrándome una idea genial, ni pista alguna caída del cielo.
La realidad es que estoy en blanco y no tengo ni puñetera idea de qué hacer a continuación.
—Miaaaaaau —insiste, como si llevase semanas sin comer.
—Mira que eres pesado, colega.
Me pongo en pie haciendo que se baje de mis piernas, me sacudo los pelos y decido que necesito un café.
Podría hacérmelo en casa, pero prefiero ir a una cafetería. Muchas veces, el entorno de desconocidos hablando de fondo, sumado a la cafeína, me ayuda a concentrarme.
No sé si servirá de algo, pero no me apetece quedarme en esta casa dándole vueltas a la cabeza y lo cierto es que mataría por un capuchino.
—Regreso enseguida —le explico a Melón, que me observa decepcionado desde el sofá mientras salgo por la puerta.
Termino en una pequeña cafetería cerca de la iglesia, la única abierta a esas horas, y cuando la camarera me deja el café sobre la mesa se me queda mirando y entrecierra los ojos.
—¿Nos conocemos? —pregunta—. Me suena mucho tu cara.
—Puede. Hace años vivía aquí.
La mujer cambia de posición, como para lograr una nueva perspectiva de mi rostro.
—¿Eres Nuria Badal?
—La misma.
La mujer se lleva la mano al corazón y pone gesto apenado.
—Siento mucho lo de tu padre.
—Gracias —sonrío cortésmente—. Aunque hace ya mucho de aquello.
Esta es la pega de los pueblos pequeños, que todo el mundo lo sabe todo de todo el mundo.
—Sí, hace ya mucho —coincide—. Os fuisteis a Barcelona, ¿no? ¿Has decidido volver? ¿Cómo está tu madre?
—Muy bien, gracias.
Se me queda mirando a la espera de que prolongue la explicación, pero me apetece tanto como hacer la declaración de la renta.
Finalmente percibe mi falta de interés y regresa a la barra para atender a una señora que acaba de entrar.
Respiro aliviada y me llevo la taza a los labios.
Pero aún no he terminado de dar el primer sorbo cuando oigo una voz rasposa a mi espalda.
—Nurieta Badal —dice.
Me vuelvo extrañada, pues hoy en día solo mi abuelo y Susana me llaman así.
En una pequeña mesa a mi izquierda, junto a la ventana, un hombre de unos sesenta años, de pelo desaliñado y barba canosa me observa con sus ojos negros hundidos. La nariz bulbosa enrojecida por el alcohol, el rostro curtido como cuero viejo tras una vida bajo el sol y unas manos grandes y callosas delatan su pasado de pescador.
—No sabes quién soy, ¿no? —pregunta.
Me tomo un momento para simular que hago memoria, pero la verdad es que no tengo ni la más remota idea.
—Mmm... No, lo siento.
—Soy Ernest. Era amigo de tu padre.
—Ah —digo—. Hola.
Espero el protocolario pésame, como un boxeador grogui la siguiente hostia que le está por venir.
—Salíamos a pescar juntos —dice, en cambio—. A veces.
—Lo siento. Yo no...
Pone la mano a la altura de sus rodillas y sigue hablando.
—Te conocí cuando eras así de pequeña. Era muy amigo de tu padre —repite.
Intento hacer memoria, ahora en serio. Pero nada.
Niego con la cabeza.
—A tu madre no le caía muy bien —añade, esquinando una sonrisa traviesa—. Decía que llevaba a tu padre por el mal camino.
Me fijo en la jarra de cerveza a medio beber encima de su mesa. No me cuesta adivinar lo que pasó.
—Mi madre y alcohol nunca han hecho buenas migas —le digo, pensando en la infinidad de sermones que me he llevado por ese mismo tema a lo largo de mi vida.
—¿Ella sigue en Barcelona?
—Pues sí.
—Me alegro —y da un largo sorbo a su jarra.
No me queda claro si se alegra porque siga viva o porque está a doscientos kilómetros de distancia.
—¿Y qué te trae de nuevo por el pueblo? —pregunta.
—Trabajo.
—¿Qué trabajo?
No me apetece ponerme a darle explicaciones a un desconocido, pero antes de que me dé tiempo a inventarme cualquier cosa, se apercibe de la funda de mi pistola en el cinturón.
—¿Eres policía? —pregunta, con la misma expresión con que me habría preguntado si soy trapecista en un circo.
Ya ha visto el arma, así que la forma más rápida de zanjar el tema es admitirlo.
—Mossa d’Esquadra —le digo—. Voy a estar unos días en la comisaría de Roses, pero luego regreso a Barcelona.
Con ese detalle adicional, confío en que no me pregunte si vuelvo para quedarme en Cadaqués y todo lo demás.
—¿Has venido por lo de los soldados muertos?
Ahí me deja sin habla y tardo unos segundos en reaccionar.
—¿Cómo sabe de eso? —pregunto, sorprendida de que, a pesar de tanto secretismo, haya llegado a oídos de la gente del pueblo.
—¿Quién te crees que encontró los cadáveres? —responde sin cambiar un ápice el gesto, como si fuera algo que le pasa a menudo.
—¿Usted es el pescador que...?
Asiente en silencio.
De reojo, veo que la mujer de la cafetería está aguzando el oído con disimulo, así que tomo mi taza y me siento frente a Ernest.
—¿Qué sabe de lo sucedido? —le pregunto, bajando la voz.
El hombre se encoge de hombros, como si fuera una obviedad.
—Pues que a unos cuantos soldados se los llevó la tramontana y acabaron espachurrados.
—¿Qué quiere decir?
—Pues espachurrados, es como si...
—No, lo otro —le interrumpo—. ¿Por qué dice que se los llevó la tramontana? ¿cree que el viento se los llevó volando?
Ahora es él quien me mira como si estuviera delirando.
—¿Volando? No, mujer. No soplaba tan fuerte como para eso.
—¿Entonces a qué se refiere?
Ernest se inclina sobre la mesa, le falta poco para apoyar la barbilla en el borde de la jarra.
Lanza una mirada de recelo a la mujer del café y, con voz baja y grave, pregunta mortalmente serio:
—¿Tu padre nunca te habló de los demonios de la tramontana?
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—¿Qué? —pregunto tontamente, segura de no haber oído bien.
—Los demonios de la tramontana —repite con un rictus grave—. Se aparecen en los días de tramontana, vuelven loca a la gente y la empujan a cometer actos horribles contra sí misma.
—¿Se refiere a suicidarse?
—Por ejemplo.
—Los demonios de la tramontana —repito, cruzándome de brazos.
—No me puedo creer que tu padre no te hablase de ellos... ni de mí.
En mi cabeza empiezan a aparecer banderas rojas de advertencia: chiflado beodo a proa.
Está claro que ha sido un error venir a por el capuchino, que para colmo ya está frío. Decido salir de ahí.
—No, lo siento —contesto, echando un vistazo a mi reloj—. Oh, vaya. Qué tarde se ha hecho. Disculpe, Ernest —añado, poniéndome en pie—, pero tengo que irme.
—Claro, claro... —masculla resignado.
—Otro día hablamos, ¿de acuerdo? —digo, fingiendo una sonrisa y dándome la vuelta.
—Seguro que tuvieron pesadillas —murmura cuando ya estoy casi en la puerta.
Me quedo clavada en el sitio y, como si alguien rebobinara una película, deshago el camino hasta la silla y vuelvo a sentarme frente a él.
—¿Cómo dice?
Ernest se retrepa en el respaldo de la silla, satisfecho de haber captado mi atención.
—Las pesadillas siempre vienen antes —explica, como si estuviera revelando un secreto milenario—. Luego... —añade, y baja la mirada hacia sus manos rugosas.
—¿Qué pesadillas?
Ernest coloca las palmas de las manos hacia arriba, como si sostuviera una bandeja imaginaria que contiene todas las pesadillas imaginables.
—Eso depende de los fantasmas que cada uno lleve consigo. Cuanta más oscuridad tengas aquí dentro —agrega, señalándose el corazón—, más horribles serán las pesadillas y más daño te terminarás haciendo.
—¿Usted también las tiene?
—Las he tenido, sí.
—Pero no llegó a...
Se levanta la manga derecha de la camisa, dejando a la vista una gruesa cicatriz bajo la muñeca.
—Lo intenté. Pero ni eso se me dio bien —añade, esbozando una mueca amarga.
Soy desconfiada, atea y escéptica hasta la médula y, en cualquier otra circunstancia, ya habría salido corriendo de esa cafetería. Pero, aunque a las banderas rojas en mi cabeza se les han unido sirenas y alarmas, me quedo sentada, escuchando lo que este viejo pescador tiene que decirme.
—¿Conocía bien a mi padre?
—Todo lo bien que se puede conocer a otro hombre —contesta lánguidamente.
Por entonces aún era una adolescente alocada, pero el recuerdo que tengo de mi padre es el de alguien jovial, optimista y amistoso. No me encaja en absoluto con la persona taciturna que tengo enfrente y afirma haber sido su amigo.
—¿Y cómo se conocieron?
Ernest inclina ligeramente la cabeza hacia un lado.
—No me crees.
Es una afirmación, no una pregunta.
—No, no es eso —me excuso—. Es que...
Pero no sé qué decir.
—Un día me lo encontré en el puerto, mirando al mar con cara de estar perdido —aclara—. Lo invité a pescar en mi barco y nos hicimos amigos. Así de simple.
Pienso en mi padre, en las veces que ambos no sentamos en la playa o en los acantilados, con la vista puesta en el horizonte, hablando de cualquier cosa o disfrutando del silencio.
Me cuadra.
—¿Y eso de los demonios de la tramontana? —pregunto, regresando a lo que realmente me interesa—. No me suena que nunca me hablara de eso.
Ernest se encoge de hombros.
—Quizá no es algo de lo que un padre hable con su hija.
En eso tiene razón.
—Pero ¿qué es? ¿Alguna leyenda local?
El hombre respira hondo y suspira teatralmente. No sabría decir si es cosa del alcohol o de la importancia de lo que va a decirme.
—No es ninguna leyenda —afirma, da un nuevo trago a su cerveza y añade—: y tampoco es local.
Tengo la impresión de estar viviendo un cliché: un viejo marinero con demasiado alcohol en sangre contando historias fantásticas. Como mencione un tesoro hundido, me levanto de la mesa y me largo.
—Les han dado muchos nombres a lo largo de la historia, desde los sumerios hasta el día de hoy —prosigue con aire misterioso—: Agonía de la Humanidad, Utukku, Fazuzu o, sobre todo, Pazuzu. Rey de los Demonios del Viento, hijo del dios Anu, Portador de la Peste, las Plagas, el Delirio y la Muerte.
—Con ese nombre le debe llevar un rato rellenar formularios —bromeo.
Pero Ernest no sonríe.
—Si no te interesa...
—Perdón —me excuso—. Es solo que... no creo mucho en todas esas cosas y me cuesta tomármelas en serio.
—Tú me has preguntado.
—Sí, lo sé. Le pido disculpas. Por favor —le hago un gesto invitándole a proseguir.
Se toma un momento, como haciendo ver si sigue o no, pero él tiene aún más ganas de hablar que yo de escucharle.
—¿Sabes por qué el Cap de Creus se llama así? —pregunta, señalando hacia el exterior del café.
Ahí me ha pillado.
—No tengo ni idea —confieso, sin entender a qué viene eso.
—Cap de Creus significa cabo de cruces. ¿Y sabes por qué? —pregunta, y sin esperar mi respuesta añade—: por las cruces que llenaban toda esta costa. Centenares de cruces blancas que se veían a kilómetros de distancia desde el mar.
No acabo de ver adónde quiere llegar, pero pongo cara de interés y guardo silencio.
—Eran las cruces que representaban a todos los que habían fallecido en esta costa a lo largo de los siglos —prosigue—. Miles de muertos, que han ido sumando sus lamentos de almas en pena a los aullidos de la tramontana, advirtiendo a todo aquel que se acerque que esta es una tierra de fantasmas y demonios.
—Nunca había escuchado esa historia.
—No es una historia —me corrige—. Es Historia.
—Entiendo —contesto, procurando que no se me note el escepticismo—. Y todos esos muertos eran por...
—La tramontana —afirma secamente—. La mayoría marinos y pescadores cuyos barcos eran empujados contra las rocas. Pero también gente que vivía por aquí, gente que en noches de tramontana perdía la cabeza y se lanzaba... o lanzaba a otros por el acantilado.
—¿Por culpa del viento?
—La tramontana no es solo un viento —me dice, bajando de nuevo la voz—. Como te he dicho, son los lamentos de los espíritus condenados a permanecer en esta tierra yerma; el mal corriendo libre y susurrando desesperanza al oído de los hombres. Son los fantasmas de los muertos —añade casi sin respirar—, en busca de venganza o reclamando la misericordia de los vivos para dejar de vagar por ese limbo eterno a medio camino de ninguna parte.
Tengo la impresión de que ese monólogo lo ha repetido tantas veces que se lo sabe de memoria. Intento mantener el gesto serio, aunque sea por respeto, pero en mi cabeza todo eso suena a superstición y desvarío.
—¿Y qué tiene todo eso que ver con las pesadillas? —le pregunto, buscando retomar el tema.
Ernest asiente, satisfecho de que esté prestándole atención.
—Las pesadillas son la forma en que esas almas en pena entran en la mente de los hombres y las mujeres. Cuando aparecen, es el anuncio de lo que está por venir.
—Y lo que está por venir, es... —pregunto.
El hombre se queda en silencio, y cuando creo que ya no va a contestarme, murmura:
—El horror.
El aire melodramático del marino, sumado a lo extravagante de su relato, me llevan a escucharlo con cierto distanciamiento. No me creo una palabra de todo eso del demonio Pazuzu y que las pesadillas son el anticipo de una muerte anunciada. Pero el caso es que el cabo primero tuvo pesadillas antes de morir y Marina Guiu incluso llegó a pintar un cuadro de ello. Así que quizá, por muy inverosímil que parezca, como sucede con casi todas las leyendas, puede que contenga un poso de verdad.
—¿Sabe lo de la fotógrafa que murió hace cosa de un año? —le pregunto.
—¿También tuvo pesadillas?
—Eso me ha dicho su viudo. ¿La conocía?
—Andaba por el puerto y los acantilados sacando fotos a piedras y cosas así —se lamenta, como si de haberlo evitado hubiera salvado su vida.
—También hubo un soldado que sobrevivió a la caída —le digo sin pensarlo.
—¿Sobrevivió? —repite, tremendamente sorprendido—. Parece imposible. ¿Y cómo se encuentra?
—No muy bien —aclaro—. Murió en el hospital al día siguiente, parece que sufriendo unas pesadillas muy intensas. Supongo que a causa del shock y de toda la medicación que le estaban inyectando.
—Si eso es lo que prefieres creer...
—Prefiero no creer nada. Intento remitirme a los hechos.
—Los hechos —sonríe sin humor, como si le hubiera contado un chiste gastado—. ¿Cuántos soldados...? —pregunta a medias, haciendo con la mano el gesto de alguien saltando en el aire.
—Seis... o siete.
Ernest alza una ceja.
—¿No estás segura?
—Hay una cabo que aún no ha aparecido.
El marino asiente varias veces, como si eso le resolviera un pequeño enigma.
—Por eso aún están los submarinistas de la Guardia Civil y los mossos dándose chapuzones entre Punta Sa Figuera y S’ Ocelleta.
—Creen que cayó al mar como el resto de sus compañeros y se hundió.
Ernest se da cuenta de que he usado la tercera persona del plural.
—Pero tú crees otra cosa.
Me doy cuenta de que estoy hablando demasiado, pero los ojos inteligentes del hombre me invitan a seguir y empiezo a comprender por qué trabó amistad con mi padre.
—Cabe la posibilidad que huyera y que ahora esté escondida en algún sitio.
—¿Escondida? ¿Por qué? ¿Y de quién?
—Eso es lo que me gustaría saber a mí —contesto, torciendo el gesto.
—Y... —carraspea— ¿no deberías estar buscándola?
Eso me ha dolido un poco.
—Debería —admito—. Pero no sé ni por dónde empezar. ¿Conoce alguna cueva o casa abandonada donde pudiera ocultarse?
